Javier Aguirre amenazaba con, por fin, poner en liza a todo su imponente arsenal ofensivo. Sin embargo optó finalmente por lastrar su delantera y dejar sólo al Kun con la teórica intención de reforzar el centro del campo con Raúl García, que formaba junto a Assunçao, Maniche, Simao y Maxi en una medular más poblada de lo habitual. A la hora de la verdad el dato fue irrelevante porque el Atlético fue una lastimosa caricatura durante la primera parte. El Reyno de Navarra no tiene música de Champions pero es uno de esos campos donde este Atlético tiene que definir quién es en esta Liga. A juzgar por su puesta en escena, no pasa de modesto aspirante al cuarto puesto. Y eso con fe ciega, a la vista de la disposición del resto de aspirantes a esa posición.
Sin juego, sin velocidad, sin criterio, sin precisión, el Atlético no dio tres pases seguidos y resultó insufrible. Ujfalusi y Heitinga sobaban el balón para terminar rifándolo. Maniche se desentendía de la creación y Assunçao no aportaba más que toque espeso. Así las cosas, a Osasuna le bastó un poco de empuje para tomar el mando del partido. Conscientes de las luces y las sombras de su rival, los rojillos se dedicaron a romper a base de faltas cada intento de Simao, que entró más en contacto con el césped que con el balón. Con la pelota, Osasuna no mostró determinación sino una fe casi suplicante y timorata que pudo crecer en el minuto 20 cuando Pernía, todavía con la jugada de Liverpool sobre las espaldas, actuó con torpeza ante Juanfran, al que derribó sin querer dentro del área. Portillo lanzó la pena máxima de forma pésima y convirtió a Coupet, que pasaba por allí, en el héroe rojiblanco de la primera parte. Al francés le bastó con acertar en esa jugada y mantenerse más o menos sobrio ante el bombardeo de balones aéreos que merodeaban su área. Una virtud que no tuvo su defensa, que amenazaba con romperse ante cada pequeña ráfaga de viento, con la suerte de que Osasuna apenas es capaz de levantar una pequeña brisa, nada que recuerde a los torbellinos que antaño sufrían los equipos grandes en Pamplona.
Hasta el descanso, los navarros lo intentaron con lo poco que tienen, lo mejor la insistencia en bandas de Juanfran y sobre todo Plasil. Pero Portillo no funciona como referente en el área y Ezquerro no se ve favorecido por ese estilo directo y de poca combinación. El Atlético, mientras, dejaba pasar los minutos con una indolencia molesta y corventía cada circulación, vertical u horizontal, en un galimatías.
Forlán da aire al Atlético:
La segunda parte comenzó sin cambios. Sorprendente sobre todo en el caso de un Javier Aguirre con más alternativas en el banquillo y más motivos para haber repartido unos cuantos gritos en el vestuario. Sin embargo, el Atlético pareció algo más involucrado en el partido y con el mínimo interés exigible (por pura profesionalidad) en buscar la portería rival. Hasta Heitinga, lateral derecho tras la lesión de Perea, que dejó su sitio a Pablo tras sufrir un traumatismo craneoencefálico, se animó a probar a Roberto, ese extraño que había pasado silbando la primera parte. El amago de cambio pareció reafirmarse con la entrada de Forlán, que sustituyó en el minuto 52 a un Assunçao al que nadie, una vez más, echó de menos cuando se fue del campo.
Con el uruguayo en el campo, el partido vivió sus minutos de mayor intensidad, con los dos equipos algo más enchufados. Por momentos el Atlético rondó un gol que hubiera sido un premio excesivo, pero que sin duda estuvo más cerca gracias a Forlán, más bullicioso que un Agüero que estuvo torpe, plomizo, sin ángel.
El ligero repunte del Atlético no derivó en un excesivo sufrimiento para Osasuna, que salvó los minutos finales sin problemas y que volvió a rondar el gol, siempre de forma difusa, con balas que eran de fogueo incluso con Pandiani en el campo. Aguirre apenas dio tres minutos a Banega, y Simao desaprovechó una buena ocasión de falta directa en la última jugada del partido. Después pitó Pérez Burrull y nadie terminó con buena cara.
*Marina*
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